lunes, enero 16, 2012

Eloísa

Eloísa, niña menuda de ojos grandes y pensamientos profundos. Nació en el primer amanecer de la primavera más larga de la que se tenga registro y desde un principio causo confusión. Los doctores no sabían que pensar ni que decir, sus prestigiosos libros de medicina no hablaban de casos parecidos, sus costosos estudios en Harvard no les revelaban la verdad, simplemente Eloísa había nacido con una cremosa cabellera azul y nadie podía explicar la razón. En el hospital todos hablaban del gran detalle con el que esa niña rara había venido al mundo, algunos la tachaban de contagiosa y se alejaban y más de uno hablaba del demonio que podría contener un cuerpecito tan pequeño como el que Eloísa poseía el día en que nació. Pero no todos la vieron así, hubo un pequeño grupo de personas que ni siquiera notó el detalle de la cabellera y simplemente se dedicaron a disfrutar la dicha de tener un nuevo integrante en su familia.
La realidad es que Eloísa no era bonita y no era fea, simplemente era Eloísa. Eloísa y su destino, Eloísa y su magia, Eloísa y un mundo en el que todos intentan ser iguales, a gritos de que el que no lo es, la sufre.
Los días pasaron y conforme Eloísa iba creciendo su cabellera iba revelando nuevos colores, azul grisáceo para cuando estaba triste, rojo para cuando se sentía enojada, amarillo para cuando estaba apenada, y así sucesivamente. Un color para cada sentimiento y un sentimiento para cada color.
Podría sonar divertido, y al principio lo era. Era un espectáculo enternecedor ver a esa pequeña bebé derramando unas cuantas lagrimas de la más pura melancolía, mientras su cabellera contorneaba el paisaje con destellos azul grisáceo, y también era extremadamente alegre reír a su lado mientras su cabellera se pintaba color bugambilia. Pero los años pasaron y la pequeña Eloísa pronto dejó de ser la bebé de su familia para convertirse en la Eloísa que escuchaba con frustración la risa de sus compañeros de clase cada que su cabellera cambiaba de color, no le gustaba ser diferente y odiaba tener una cabellera que a todos les revelara su estado de ánimo. La hacía sentir frágil y expuesta. Pasó los últimos años de su infancia y los primeros días de su juventud buscando remedios para controlar sus sentimientos y por lo tanto el color de su cabellera, pero era muy difícil y conforme los años pasaban y la adolescencia entraba a su vida, la situación se iba haciendo no solo difícil, si no descontrolada. A Eloísa le quedaba claro que su familia la amaba, pero a ellos también les resultaba complicada la avalancha de sentimientos y colores en los que la más pequeña de su clan se había convertido. Sus papás se preocupaban y sus hermanos intentaban mimarla, pero no había remedio, el mundo, sus sentimientos y sus colores conquistaban a Eloísa sin preocupación ni ocupación. Eloísa sintió que no tenía más remedio que sobrevivir y en esas se encontraba cuando conoció a Diego.
Diego, delgado y de ojos intensos de inmediato contagió a Eloísa de un nuevo sentimiento, uno sin nombre y sin explicaciones. No era azul, no era verde, no era rojo y tampoco era morado. Era el púrpura más brillante que ningún pintor ha imaginado, era lo que Eloísa sentía cuando veía a Diego, y fue el color que casi hace estallar al mundo por completo el día que por primera y única vez Diego besó a Eloísa.
Pero pronto el púrpura se llenó de gris miedo y Eloísa sintió que tenía que hacer algo, tenía que impresionar de alguna forma a Diego, sentía que no podía quedar en ridículo frente a su nuevo amor. La idea fue de Diego y Eloísa la secundó, la solución era cortar su cabello, raparlo, afeitarlo, recortarlo hasta la raíz. Terminar con los colores.
No funcionó y la fuerza natural de la vida alejó a Diego de Eloísa, dejando al púrpura morir entre el azul tibio de la desilusión y el blanco del primer amor no correspondido, y así fue como Eloísa se convenció por primera vez que era tonto intentar impresionar a las demás personas, siguió su marcha por la vida y aunque Diego nunca lo supo, esos días marcaron profundamente su existencia.
Eloísa se sentó a esperar y de nuevo el tiempo pasó, conoció nuevos amores y aunque muchas otras veces cortó su cabellera nunca más quiso impresionar a nadie, se dedicó a ser ella y aunque eso no le evitó muchas otras desilusiones, ni muchas otras lagrimas, Eloísa empezó a valorar su enorme capacidad para sentir y sin darse cuenta dejo de interesarse por lo que la gente decía de su extraña forma de ser. Se dedicó a ser ella y a poner atención en los pequeños detalles que hacen grandes a los seres humanos. Se reconfortó con el amor de su familia y en el camino fue encontrando muchos y grandes amigos, hermanos del alma y compañeros de felicidad.

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