Así es, hace varios meses (de los cuales ya me es muy fácil perder la cuenta), mucho mas rápido y mucho mas pronto de lo que la mayoría pensaba y aconsejaba, decidí abrir mis alas y comenzar a probar lo que mucho tiempo soñé con contemplar.
Eso que quería no era precisamente libertad, pero sin duda era el concepto humano que mas se le acercaba.
También tenia sed de probarlo todo, de verlo todo y de dejar lo que para mi era mi aburrida vida.
Así que emprendí el primer vuelo, con pronósticos alentadores, fue un mes lleno de aventura, de sonrisas, de aire fresco y de la sensación de adicción a ciertas situaciones.
Si les digo que en ese mes la pase fenomenal, pecaría de discreta, así que quédense con la única idea de que fue un vuelo esplendido en el que encontré mucho mas de lo que pensaba.
Después de ese mes, regrese al nido, donde me esperaba mucho confort y la antigüedad de mi cotidianidad.
Rápido, me di cuenta que el aire que se aspiraba en el nido, ya no me satisfacía en lo absoluto, y vertiginosamente empecé a planear el segundo vuelo, en el cual iría mas lejos, mas rápido, mas alto, y supuestamente, mejor.
La desesperación comenzó cuando decidí pretender hacer mió lo que entre papeles y plumas había sido un sueño.
Tenia miedo, lo acepto, pero al cambio tenia una enorme sensación de optimismo cuando pensaba en el vuelo pasado, en el que todo en tierra había dejado de tener sentido.
Y así fue como entre vientos, mareas y excusas inventadas de razones ajenas, decidí realizar el segundo vuelo, que desde un principio estuvo enrarecido con el aire del miedo.
Ahora, a la distancia del vuelo, sospecho que todo salio mal, que mis alas están entumidas de tanto volar y no encontrar tierra y que mis esperanzas y mi inocente corazón están descuartizados en medio de lo que yo solía llamar, miamor.