Una vez, conocí a un hombre mitómano y que le encantaba sentirse la victima. Aunque fuera un adulto, era incapaz de hacerse responsable de sus propias decisiones y relacionaba sus actos, sus decisiones, sus posturas y en general su vida con sucesos de los cuales todos podían tener la culpa menos él. Era poco inteligente y de modales absurdos. Era del tipo de hombre que es capaz de una día adorar a una hermosa rosa por sus espinas, y al otro día, por la misma cuestión de las espinas, dedicarle sus peores pensamientos.
Pero como ese hombre, se encuentra reducido al pasado, al momento no me nace ni me importa seguir escribiendo de él, por que hay un presente, en el que conocí y me enamore de un autentico caballero, que me cobija al dormir y me besa al despertar.
Uno con el cual sonreír no necesita esfuerzo y ser feliz es lo de todos los días. Uno que me hace sentir que el destino es mi aliado cuando caminamos por la calle y siento su presencia a mi lado. Es por él que he vuelto a la hermosa vida y es por él por quien acepto mis errores en el pasado y muestro toda la decencia que hay en mi interior en mi presente y sobre todo, me mantengo en silencio respecto a las verdades más reales del hombre mitómano que alguna vez conocí. Por que aunque bien mi corazón sabe que puede ridiculizar al mitómano, reírse de sus infantiles palabras y al final contar todo lo malo que puede haber en él, prefiero callar ante los oídos de los sordos y conservar algo que desgraciadamente el ya no conserva: la educación, el respeto por mi pasado y por mi presente, y la sensatez para guardar el silencio suficiente que merece alguien que alguna vez amaste. Por qué eso habla mucho mejor de mi, que mil palabras, sobre todo por que no existe verdad absoluta y por que en el fondo del corazón del mitómano siempre vive la verdad, esa que pica y que en el subconsciente existe y existirá como unos finos rastros, que son imposibles de borrar, y es ahí donde queda la penitencia, mía y suya, y es ahí donde yo no siento que nada en mi interior haya muerto, donde siento que todo lo malo lo he inteligentemente transformado y lo he tomado como el mejor de los recursos para levantarme todos los días con una sonrisa y dispuesta a disfrutar cada día más la vida al lado de mi pacifico caballero.
Por eso, mas que arrepentirme, mas que lamentarme, mas que sentir que algo murió en mi y además de hacerme responsable de mis decisiones, agradezco al pasado por existir y por permitirme transformar a mi presente en algo tan infinitamente disfrutable. Claro, no dejo de desearle cosas a mi pasado, pero todas ellas enriquecedoras, todas ellas dirigidas a que encuentre la paz necesaria para darse cuenta de que yo no le hice nada, t de que él no me hizo nada, porque en este mundo justo, cada quien es responsable de su barca y de lo que hace con los designios de su destino.
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