sábado, junio 26, 2010

Nada hay más divertido para un niño que reinventar el mundo a la medida de sus ocurrencias. Poco importa si luego de conseguirlo no siente ya deseos de habitarlo, pues al fin se trataba nada más de creérserlo.
Se siente uno orgulloso de sus métodos, les pone nombre, implementa palabras novedosas a la medida de cada invención. Cree, y no se equivoca, que jugar con las palabras es dar vuelo a los dichos más allá de los hechos, y en tanto retorcer unos y otros.
Jugar a perpetrar realidades alternas supone a largo plazo la tentación triunfante de verse dentro de ellas y hacer del horizonte una elección.
Estar en todas partes menos donde se debe (o como se decía entre las abuelas, menos en misa) implica contraer deudas distintas y tornar impagables las precedentes.

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