jueves, junio 24, 2010

El gato (2) , continuación de lo que escribí el SÁBADO, ABRIL 18, 2009

Eran las ocho de la noche y a la entrada de la casa marcada con el número 19, en un discreto suburbio aun sin nombre, de la calle Clío, se encontraba sentado Salomón. La esperaba a ella, pero no la buscaba ya que mucho había la buscado y poco la había encontrado, por lo que decidio abstenerse de conversaciones mentales al respecto y simplemente existir.
Su existencia era cosa de admirarse, por dos razones: su rostro ostentaba una suave marea templada y por sus venas corría agua fresca. Aunque aun le faltaba ella, y sabia que cualquier día de estos llegaría y traería al gato.
Así que el día que la vio a lo lejos, no pudo creer lo que sus ojos veían, era ella, y traía al gato.
Se acerco, lleno de felicidad, quería besarla, abrazarla, saludarla y preguntarle donde había estado todo este tiempo; asi que grande fue su desconcierto al acercarse y ver algo horrible en su cara: tenia los ojos llenos de tierra y además el gato estaba casi muerto.
-No puede ser- pensaba, y no sabía como actuar, por lo que estuvo varios minutos mirándola fijamente, como si de pronto la tierra se fuera a ir, el gato fuera a mejorar y entonces todo fuera como él siempre había pensado que sería.

Hasta que de pronto, se dio cuenta que algo tenía que hacer y por fin la saludo. Ella no veía, así que le preguntó quien era, el le respondió, le contó, le acaricio la cara, la vio tan bella como el sabía que era, y finalmente la llevo a su casa, donde gentilmente le limpio los ojos y la amo tanto como el siempre supo que la amaría cuando llegara, además alimento y curo al maltrecho gato.

Estuvieron toda la noche reconociéndose, contándose las pecas y besándose lentamente, hasta que ella se quedo suavemente dormida, así que él se recostó a su lado, y la tomo de la mano.

La veía dulcemente, la contemplaba dormir y no podía creer que ya estuviera aquí, que por fin había llegado, que la espera había acabado, y que aun traía al gato, pero tampoco podía explicarse que le había pasado a ella y al gato, los dos estaban muy maltrechos, y ella no solo traía los ojos llenos de tierra, traía rasguños y huesos rotos, lagrimas que se escurrían solas y además estaba muy flaca; pero aun así para sus ojos, era mas bella de lo que él la había imaginado, la abrazo dulcemente, le beso los parpados, las manos, le prometió con un silencio suficientemente fuerte para que el gato pudiera escuchar, curarla y amarla hasta que el también se quedo dormido.

Cuando despertó ella ya no estaba, se levanto asustado, vio al gato dormido placidamente, y por un minuto imagino lo que sería el que ella se hubiera ido y no pudo con tan triste idea, hasta que la escucho, silbando y riéndose, así que fue a donde estaba y la vio, mas bella que nunca y haciendo algo demasiado raro: había recolectado todos los relojes de la casa, y estaba cambiándole la hora a todos, así que le pregunto: -Ana, ¿qué haces?-, ella lo vio, le dio los buenos días, lo invito a sentarse y le pidió que la ayudara a detener todos los relojes a las 8 de la noche, él lo hizo, pero no sabía bien por qué lo hacia y no fue hasta que volvieron a poner todos los relojes en su lugar, que le pregunto el por qué de tan alocada acción, si es que ella quería que el tiempo se parara ahí, o que le sucedía, a lo que ella respondió fácilmente que no era eso, que simplemente ella quería marcar la hora, en la que por fin ella y el gato habían comenzado a vivir.

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