Cierro y abro. Cierro pensando que veo, abro pensando que no veo.
Los ojos, globos oculares, aparato que transforma la luz en impulsos eléctricos que llegan hasta mi cerebro.
Periférico. Mis ojos ven: camiones, señoras con niños en brazos, lava parabrisas, basura, autos.
Escucho: chiflidos, miradas penetrantes, señores que se tocan la entre pierna: ¡ay mi reina, que buenota naciste!.
Violencia. Comportamientos violentos, neurosis, groserías y demás.
Pienso y vuelvo a pensar, ¿Qué nadie lo nota?, el camión se mueve tras el transito pesado, dejando atrás estelas de humo, trayendo consigo un ruido infernal, que infecta las calles de mi ciudad.
Al bajarse del camión, hay un olor inmundo, -Tacos, garnachas, agua de caño, licuados, jugos y bebidas.-
-¡Ay México, que triste me envuelves!-
Después de cuarenta minutos, llego a otra cara de mi ciudad.
Polanco. Judíos, tiendas, árboles, buenos modales. Aquí la gente no se atreve a tirar basura (o de menos eso creo yo). Señoras en tacones, niños ojo azul, sirvientas que pasean a los perros de sus patrones, gracias al bajar del camón.
Pero los chiflidos, las miradas penetrantes, y los señores que se tocan la entre pierna no tienen limite.
Violencia.
-¡Ay México, que contrastante me envuelves!-
Cierro los ojos pensando que veo, los abro pensando que no veo, y los muevo queriendo ver a otro lado que no sea a esta violencia que me envuelve, a las santas muertes que traen los chóferes de los microbuses, al señor del jaguar que abre la ventana para tirar su kleenex, y al policía con mirada penetrante.
Los ojos, globos oculares, aparato que transforma la luz en impulsos eléctricos que llegan hasta mi cerebro.
Periférico. Mis ojos ven: camiones, señoras con niños en brazos, lava parabrisas, basura, autos.
Escucho: chiflidos, miradas penetrantes, señores que se tocan la entre pierna: ¡ay mi reina, que buenota naciste!.
Violencia. Comportamientos violentos, neurosis, groserías y demás.
Pienso y vuelvo a pensar, ¿Qué nadie lo nota?, el camión se mueve tras el transito pesado, dejando atrás estelas de humo, trayendo consigo un ruido infernal, que infecta las calles de mi ciudad.
Al bajarse del camión, hay un olor inmundo, -Tacos, garnachas, agua de caño, licuados, jugos y bebidas.-
-¡Ay México, que triste me envuelves!-
Después de cuarenta minutos, llego a otra cara de mi ciudad.
Polanco. Judíos, tiendas, árboles, buenos modales. Aquí la gente no se atreve a tirar basura (o de menos eso creo yo). Señoras en tacones, niños ojo azul, sirvientas que pasean a los perros de sus patrones, gracias al bajar del camón.
Pero los chiflidos, las miradas penetrantes, y los señores que se tocan la entre pierna no tienen limite.
Violencia.
-¡Ay México, que contrastante me envuelves!-
Cierro los ojos pensando que veo, los abro pensando que no veo, y los muevo queriendo ver a otro lado que no sea a esta violencia que me envuelve, a las santas muertes que traen los chóferes de los microbuses, al señor del jaguar que abre la ventana para tirar su kleenex, y al policía con mirada penetrante.
¿nadie lo nota?.
Todos lo miramos... El problema, como dijera Gandhi con palabras más elegantes y elocuentes, es que precisamente quienes nos damos cuenta preferimos voltear.
ResponderEliminarEl mundo lo nota en su juventud, pero con los años, las injusticias de la vida, y tratando con gente "OGT" (por no decir groserías) uno termina por pensar que es normal, y se vuelve OGT también, y asi. Es un ciclo, tu tienes oportunidad de salir del círculo, y verlo desde afuera, no toda la gente tiene esa suerte, ellos se dieron cuenta hace mucho, pero con el tiempo se resignaron, y obligados por el entorno, se hicieron igual.
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