lunes, diciembre 27, 2010

El béisbol.

El verano estaba por acabar y el otoño se escondía en todas las esquinas. Mi corazón se había quedado esperando la ilusión que hasta ese entonces cada verano  iluminaba todo, aun tenía esperanzas, aunque en mi interior el sentimiento de fracaso se acrecentaba incontrolablemente.
Yo sentía que lo intentaba todo, que él estaba cada ves mas lejos, mas imposible, mas roto, me sentía sola e intentaba remediarlo acercándome a quien se dejara. Así que estábamos una amiga que poco entendía las cosas, él y yo.
Decir él y yo desde ese entonces ya sonaba ridículo, aunque en el momento con mas aberración de mi vida, aun sentía que tenia esperanzas, pero es mas que cierto que no las había y que yo lo sabía, sin embargo eso no me las quitaba.
Así que ese día estábamos los tres, y comenzamos a andar hasta que llegamos a una cancha de béisbol, caminamos por el pasto que estaba húmedo, nos quitamos los zapatos, era de noche.
Recuerdo escuchar mis latidos, sentir mi humanidad y saber que estaba a punto de caer. Lo veía e intentaba gritarle sin hablar, de hacerlo sentir, de que me diera la mano y me amara. No pasaría.
En el caminar por el pasto húmedo, encontré una pelota de béisbol, la levante y me identifique totalmente con ella, estaba rota y aunque seguía siendo una pelota de béisbol por que para eso había sido hecha, se había descocido y se encontraba deforme.
El mundo era mi kaleidoscopio y aun respiraba las últimas gotas de inocencia que me quedaban, así que agarre la pelota, se la pase a mis dos acompañantes y jugamos un rato con ella, hasta que por fin regreso a mis manos, y como muchas otras veces en mi vida pensé que quizás era una buena oportunidad para pedir un deseo. La agarre fuerte, cerré los ojos, pedí el deseo mas deseado que nunca he pedido y la lance al vacío con todas mis fuerzas. No sabia que las pelotas no cumplen deseos.

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