sábado, abril 18, 2009

EL gato (1) continua el 24 Junio 2010

Estaba oscuro, pero aun así el reflejo de la computadora dejaba ver el desorden en el que se había convertido el cuarto.
Las lagrimas se deslizaban casi sin esfuerzo pero con mucho dolor por sus pecosos cachetes, y la idea de que esta vez todo estaba perdido era el hircismo que impregnaba la escena.
Para rendirse no hay edad, mas sin embargo encontrar a esta criatura mujer, tan joven, rendida en medio de todo parecía un crimen.
Él se había cansado del gato, de la inexistencia del amor y de ella. Ella siempre le había echado la culpa al gato, por que quizás si el no fuera tan chillón, o si al menor descuido no convirtiera la casa en zona de desastre, él nunca hubiera pensado en echarla a ella, y al gato de la casa.
Es fácil saber cuando a alguien se le ha caído el mundo encima, solo hace falta ver el tono vidrioso que embarga sus ojos, y la incomoda sensación que transmite su respirar. Así se sentía Ana, con el mundo a cuestas y con dos invitaciones pendientes para la cena: La de la inseguridad y la de la tristeza.
No le gustaba cenar, y menos cuando de plato principal se servían las pocas esperanzas rotas que quedaban en la despensa, sazonadas con ilusiones a punto de caducar.
Entonces fue en ese momento, aterrada, cuando decidió no asistir a la cena ni a las misas fúnebres que se celebrarían en honor del difunto amor. A lo único que no se atrevió, fue a quitarse las ropas negras que la señalaban en medio de un gran luto.
Fue en busca de sus cosas, mientras pensaba que todo lo que poseía en el mundo estaba en este lugar al que explícitamente había dejado de pertenecer. Pero fue horrible notar que lo único que tenia era al gato y una nota con la dirección de la casa en la que había nacido anotada con plumón sharpie en una hojilla amarilla.
No fue fácil abandonar el lugar, sobre todo por que en el fondo, ella no quería y la decisión había sido tomada en medio de la presión que ejercían el retumbar de las palabras repetitivas de él, en las que se alcanzaba a escuchar claramente que ya no la amaba.
Así que tomo al escurridizo gato con una mano, y con la otra guardo la hojilla amarilla en la bolsa trasera de sus ajustados pantalones, mientras tomaba un respiro profundo antes de abrir la puerta.
Dio dos pasos, tres, los necesarios; tomo la manija de la puerta con fuerza, dio vuelta a su muñeca y tiro de ella como si en ello se le fuera la vida.
Fue inevitable, un lago de colores inundo la habitación, y ella sintió miedo de lanzarse a aquel torbellino que se asomaba por la inmensidad a la que pertenecía el otro lado de la puerta.
Quiso arrepentirse, cerrar la puerta y regresar a la habitación, pero a lo lejos escucho la voz de él, pidiendo casi con la tonalidad de una sirena de ambulancia, que lo dejara solo. Así que ella se desprendió, y dio los pasos necesarios, que la llevaron a la inmensidad, donde rápidamente se volvió parte de todo y donde rápidamente ya no fue posible observarla campante, bailando por los pasillos de su maldita fantasía, donde todo, hasta el amor que ella sentía, era verdad.

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