Me pasó parecido con la televisión, un día empecé a verla demasiado, al despertar, al anochecer, mientras hacia otras cosas. Sus eternos anuncios comerciales, los programas que no exigían nada de mi, solo sentarme como tarada a ver, ver y no ver. Era una buena forma de anestesiar la realidad, si afuera chispaba la peor tormenta del año, en la televisión veía la playa mas bella. La usaba para no pensar y sentía alivio. Ni siquiera tenia que concentrarme, en algún punto me daba sueño y despertaba cuando sentía o molestia por el ruido que produce la televisión o por el repentino silencio de apagar la televisión que ya nadie está viendo. En esa época vivía en Boston y cuidaba a un niño mitad Búlgaro, mitad norteamericano, mitad judío, mitad cristiano. Me sentaba a verlo por horas, como jugaba y a qué jugaba, intentaba imaginar su contexto, como seria de grande. Veía a sus papás, veía sus primeros andares por la vida. Cualquiera pensaría que a los 3 años no hay andares de merito, pero hay una gran cantidad de cosas que un niño de 3 años tiene que aprender. Ir al baño, llevarse la cuchara a la boca sin mancharse los cachetes, hablar, ponerse la ropa, amarrarse los zapatos, cual es la derecha y cual es la izquierda. Al niño que cuidaba había que mostrarle el mundo y a comunicarse con el. Comunicarse con los demás humanos es importante, si no nos comunicamos es como si no existieramos, necesitamos de otros humanos para existir. Para hablar, para sentir, para imaginar, para negociar, para compartir, para hacer y para no hacer.
Cuando deje de ver la televisión empecé a perder el hilo de muchas conversaciones, no entendía de los programas de televisión, no había visto el último comercial cagado, no sabía que pasaba en la farándula, no sabia que nuevos reality shows ofrecía la televisión de paga, no sabia nada. No me interesaba saberlo, sentía alivio de no gastar tantas horas de mi vida frente a la brillante televisión, sentía mi mente despejarse, mis libros regresaron a su lugar: mi mochila. Los empecé a releer todos, uno por uno, lo que me había dicho Saramago, lo que me había dicho Michael Kundera. No extrañaba la televisión, había extrañado muchísimo a mis autores favoritos. Extrañaba sentarme desde el amanecer hasta el atardecer de los domingos de depresión a leer, sentir lo que un libro tiene que decir es un arte preciso, fino, tranquilizador. Llevo alrededor de 3 años evitando los televisores, he sobrevivido y me siento mejor. Claro que de alguna otra forma tenia que comunicarme con el mundo, tenia que ver que estaba pasando con los otros humanos. El Internet se volvió mi puente hacia los demás, los videos que ahí veo, los textos que ahí leo, las noticias que ahí busco. Pero no más televisión.
Facebook fue una de esas formas de comunicarme: si ya había visto las fotos de la última peda, si ya había aceptado la invitación a la siguiente fiesta, si ya habia chateado con alguien que hace mucho no veia. Si habia visto lo que pasaba en el mundo del Facebook.
No sé como pasó, pero Facebook se nos metió a todos entre ceja y ceja. Por ahí todos nos comunicamos, y vemos y llevamos una vida virtual.
Pasaba horas viendo esa ventanita blanca con azul. Tenia necesidad de decir cosas por ahí, de mostrar mis fotos y de recolectar una vida virtual.
Pero de pronto empecé a sentir asco de pasar tanto tiempo de mi vida en algo que en realidad no existe. Yo no soy mi perfil de Facebook y en realidad nadie lo es. Esas fotos no dicen nada, esas letras no se leen en el contexto preciso. Las personas somos mucho más que esa realidad plana que Facebook nos ofrece.
Después vino la tentación. Buscar quienes habían sido las exnovias de mi novio. Divagar por ahí, intentar encontrar algo de él, alimentar mi curiosidad. Enfermar mi mente y mis sentimientos por él. Sentar fantasmas a la mesa, ponerles cara y forma. Saber como habían sido las mujeres que estuvieron aquí antes que yo. ¿eran bonitas? ¿eran inteligentes? Eran…
Me resistí. No quería saber, no quiero saber. Pero el simple hecho de tener que resistirme a algo me provocó nauseas. Angustia, asco.
Ya no quiero vivir virtual, quiero vivir de verdad. No quiero la vida que está guardada en Facebook. No quiero arrastrar los pies por un pasado que ya no es, no quiero que la gente piense en mi como el espejo de mi Facebook.
Hace tres días que lo borré y lo más probable es que esto solo sean unas vacaciones. Que sea temporal y que en algún punto vuelva a ceder a la presión y lo vuelva abrir. Para enterarme de lo que todos dicen que pasa en sus vidas. Para aceptar la invitación a la siguiente fiesta, para ver las fotos de mi sobrina.
Pero mientras voy analizar con calma la situación, el contexto, lo que habría que enseñarle a un niño de tres años respecto a la comunicación de nuestros tiempos. ¿qué le explicaré a mis hijos? ¿qué les diré de la comunicación entre humanos?.
La presión es fuerte, los primeros en quejarse han sido mis amigos: sienten que si no tengo Facebook desaparezco. Me preguntan si me pasó algo, piensan que lo borré por que estoy triste, por que la vida no va bien.
Pero no es así, la vida va mejor que nunca, la vida se deja sentir con todo su esplendor, la vida es eso feliz que me pasa todos los días. La vida desde mi ventana de realidad, es magnifica.
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