jueves, octubre 06, 2011

Manhattan sin explicaciones


Todas las mejores cosas que me han pasado en la vida han sido sin planearlas. Conocer Manhattan fue una de esas cosas. No lo tenia planeado, ni siquiera lo había pensado. Varias cosas tuvieron que suceder para que fuera tan afortunada como para visitar ese lugar varias veces por periodos que yo considero largos. En primer lugar tuve que vivir en Boston, en segundo lugar, además de enterarme de que Nueva York está a cuatro horas en carretera de Boston, tuve que enterarme de que los grandiosos chinos tienen una línea de autobuses que por solo 15 dólares te lleva directamente desde la estación de autobuses de Boston, al mismísimo Chinatown en Nueva York y en tercer lugar, tuve que tener un amigo mexicano que estudiaba bateria y vivía en Manhattan y que siempre estuvo dispuesto a darle alojamiento a sus amigos mexicanos que venian de Boston.

Ahora no recuerdo cuantas veces recorrí la distancia que hay entre Boston y Nueva York, y tampoco recuerdo cuantas veces comí esas feas y típicas hamburguesas de los McDonalds de carretera,  en los que hacen parada los camiones de chinos, pero si tengo una viva idea de cómo fue entrar por primera vez a Manhattan.  Era la tarde, y entrábamos por uno de los miles de puentes que conectan la isla con tierra firme, a lo lejos, se veía el cementerio mas grande que yo he visto y justo en ese momento, las nubes y el sol jugaban a hacer contrastes y el espectáculo entre el sol, las nubes y el cementerio era genial, así como muchas otras cosas geniales que me pasaron en ese lugar, por que esa ciudad parece tener magia, parece ser el escenario perfecto para que grandes cosas se junten para hacer que otras más grandes pasen.

Aún guardo como una viva fotografia mental el momento en el que entre las calles del East Village, por primera vez, encontré al amigo que nos daría alojamiento esa y muchas otras veces, y que sin querer se convertiría uno de mis mejores compañeros de aventuras, de esas épocas y de las presentes también. Él me enseñó el amor por Manhattan, nos llevó a lugares escondidos en medio de Central Park, nos enseñó que el cubo de Astor Place se mueve, se robó el último pepperoni que quedaba en mi pizza del “2 Bros  Pizza” donde por un dólar te daban una rebanada de la pizza más rica y barata que he probado.  

Así fue como durante ese verano, y durante muchas otras veces, además de comer “2 Bros Pizza” hasta el cansancio, recorrí Nueva York, con la sensación de no poder creer lo que me estaba pasando, fue como vivir en una película. Mi mente nunca ha estado tan estimulada como en ese lugar, nunca he sido tan creativa, nunca he sentido con tantas ganas que algo “is blowing my mind”, nunca he sentido con tanta certeza que me puedo comer al mundo a mordidas sin ni siquiera tener que dar explicaciones. 

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